DESIERTO. POÉTICAS DE UN LUGAR SIN ENGENDRAMIENTO

 

Adrian Cangi - USP/UBA

 

El desierto crece

Nietzsche

 

I

 

Bajo un crepúsculo deliciosamente coloreado suena una pieza para qasba solo. Sus instrumentistas son Chikh Hamed Bel Hadj y Hamadi Ben Allal. Su sonido emerge de Segangan y atraviesa el sahara argelino hasta la frontera sur marroquí. Para mí, significa la comprensión de un límite. Ese límite que describe Paul Bowles en “Un episodio remoto” cuando dice: Los muros terminaron y el desierto brillante se extendió adelante”[1].

¿Cómo interrogar a las variables formaciones minerales que se agrupan bajo el nombre “desierto” y a las entidades como el “Khamsin” y el “Giaan”, tormentas de arena y espejeantes reflejos, “donde la mirada -como sostiene Edmond Jabès- no posee ya al objeto”?[2] En su poema “El desierto” la tradición árabe responde en Jabès,

 

Arena es la pregunta. Arena es la respuesta.

Nuestro desierto es ilimitado, escribía Reb Semama[3]

 

Enfrentar al desierto supone un problema de percepción[4]. Bajo su supuesta unidad se teje una compleja cartografía que sólo los que han encarnado su experiencia pueden narrar con maravillosa diversidad. Los paisajes que describe Lawrence en la Rebelión en el desierto[5] agrupan diversidades bajo el anatema: “Nada en el paisaje era normal ni tranquilizador” y los efectos que éste genera son del orden de una unánime sensación, la de hallarse en una “región nefasta, estéril, hostil aún al paso de la vida”. El complejo desierto asume las formas de un “laberinto de rocas”, “de un terreno volcánico de oleadas de grandes rojos y amarillos”, de “lechos de barro rosado amarillento”, de “estrechas escaleras de piedra gris azulada”, de “valles de suave arena negra de desgastada piedra arsénica”, o la absorbente “llanura de dorada arena con verdes arbustos”, lisa como la palma, o con variaciones de dunas, que Lévi Strauss, desde una visión aérea denominó de suaves ondulaciones de un naranja piel de durazno. La impresión lumínica de los móviles bloques de color nos enfrenta a la desviación por los movimientos cromáticos de aquellas entidades que acechan en la faz del desierto. Los compuestos desviantes en los trazos de color que Lawrence expresa, son como los que Van Gogh describe a Theo en sus cartas, relatándole la alianza con un nuevo compuesto en la que se filtran violencias del alma que los perceptos ponen en escena. Bajo estos bloques de color en movimiento en la desolada superficie se presenta una compleja distinción de vidas precarias. En la llanura del Uadi Ais, “una escasa cantidad de agua en agujeros que alguien había cavado”son un signo del deseo que permite proseguir el viaje. “El pasto seco del país de los Billi y el terreno infecto del Wejh” enferman a los camellos de sarna tornándose un efecto mortal hasta diezmar la caravana. El cinturón del gran “Nefudh” es una gujero negro para los viajeros del desierto, espacio rarefacto donde un torrente de luz solar se derrama sobre las piedras como si el hombre jamás hubiera existido. El desierto puede ser un espacio abierto, donde un ligero declive tras otro, se convierte en causa de una inmensa desolación sin trazas de vida, “ni rastros de gacelas, ni lagartos, ni madrigueras de ratas, ni siquiera un ave”. Dice Lawrence:

 

Nosotros mismos nos sentíamos pequeños y nuestro rápido avance a través de su inmensidad nos parecía un inútil esfuerzo /.../ El desierto desnudo nos derrotaba.

 

La derrota comienza con una pérdida sensorial a la que se resiste engendrando nuevas capacidades de sufrimiento. La extensión abierta produce un “fuera de vista”, forma en la que Lawrence describe los espejismos. Cuando se habita en un “fuera de vista” una caravana se vuelve invisible en una distancia no mayor de tres kilómetros, como si se trasladara literalmente en un doblez o absorbida en una dimensión paralela. Las leyes de vecindad de los propios animales reconocen una cercanía prudencial donde el olfato no es diluído por efectos del viento. El “fuera de vista” o locura desértica vuelve centelleante superficies minerales, como si de la panza de un antílope se tratara, logrando confundir incluso a los avezados cazadores de las caravanas. El sonido adquiere la forma de un “penetrante susurro” que agudiza los ecos sordos en superficies abovedadas o simplemente, en jornadas de viento contínuo produce sordera. El desierto logra doblegar los sentidos y enfrenta a los viajeros a la fuerza de su crueldad, expulsando todo sueño, desmantelando el imaginario. La percepción debe enfrentar una ley: la indiferencia mineral que todo lo borra. Sabemos de los terrores de sus vientos: Sirocco es el nombre de la violencia africana que arrasó los muros venecianos engendrando locura y crimen, también, indiferentes soplan el Simun, el Alissio y el Mistral. Sin embargo, los gestos gloriosos emergen de este espacio prometido por la palabra profética como la tierra de la nueva alianza. “La esencia del desierto es el individuo”, nos dice Lawrence, revirtiendo las metáforas geológicas de ese gigantesco cúmulo de signos donde el hombre no tuvo nada que ver. Si interrogamos a sus pobladores, algunos nos dirán como Jabès: “Aquí no es el lugar”. El desierto no se habita, se recorre como condición germinal, imponiendo al individuo un movimiento continuo. Movimiento entremezclado con la palabra como gran relato del cual surgen las fábulas incesantes de sus narradores. Dice Jabès,

 

Errante es la palabra de Dios. Su eco es

la palabra del pueblo errante. No tiene

ningún oasis, ninguna sombra, ninguna paz; sólo

la intensidad del desierto sediento /.../[6]

 

El desierto es un lugar como origen y futuro abismo que redobla los empecinamientos de la subjetividad en el desamparo de una promesa. Tierra de antiguos profetas, de modernos caballeros errantes o de desesperados que han trazado su huída sin retorno a su inmensidad. El abismo de estas tierras define los signos en su peregrinar. Dice Blanchot,

 

/.../ ese lugar sin lugar donde no puede celebrarse sino la alianza y donde hace falta regresar como ese momento de desnudez y desgarramiento que está en el origen de la existencia justa /.../ El desierto aún no es el tiempo ni el espacio sino un espacio sin lugar y un tiempo sin engendramiento /.../[7]

 

La vertiginosa planicie horizontal como un “origen que es abismo” vuelve toda promesa la gloria del cuerpo y alma del aventurero que se atreve a desafiarlo en su indiferencia mineral.

II

 

¿Qué condiciones requieren el cuerpo y alma para franquear su impasibilidad? Si el desierto no se habita sino que se circula, esto supone una adecuación de agilidad y agudeza de los sentidos para franquear imposibles umbrales de resistencia y para detectar imperceptibles cambios que definen el triunfo o fracaso de una empresa. Lawrence describe la entrada en el “Sirham” con memorable intensidad. Tierra de serpientes cercana a los valles y al agua, que mantienen bajo una constante excitación nerviosa a los viajeros. Dice Lawrence,

 

El paisaje era más lúgubre y más triste que el de los desiertos abiertos que hasta entonces habíamos cruzado. Arena o guijarros o un desierto de roca desnuda podían a veces excitar el pensamiento y, a la luz de ciertas horas del día, poseer la monstruosa belleza de la estéril desolación mas, en el panorama que nos rodeaba, había algo siniestro, algo activamente infernal en este “Shiran” sembrado de serpientes, fecundo únicamente en agua salada, palmeras estériles y matas desnudas que no servían ni siquiera para ser quemadas como leña.

 

Una desconcertante acechanza como terror próximo hace de cada mata o, incluso, de las propias tiendas, un territorio minado, donde se define la vida en un instante de lucidez. El desierto puede volverse el propio infierno. Quienes lo recorren, sostiene Nadia Tazi, son “mediums de lo ínfimo”[8], haciendo de la cureldad extrema un principio de posibilidad. Un cuerpo templado en la presión de este mundo guarda un secreto que se confunde con el intante de la supervivencia. Testigos privilegiados como Lawrence o Thesiger, que han conducido ejércitos o caravanas con un aura libertaria, sostenida en la aventura y en la proeza, reconocen la dureza que para sobrevivir debe ser deseada como prueba. Ambos creen en el desierto como espacio de templanza. Modernos anacoretas cumpliendo su ascesis que les obliga a la libertad de no ceder frente a una abstinencia que es trasmutada en placer, a la moderación de cualquier exaltación para experimentar el éxtasis de la necesidad: el intenso sabor de un alimento, el olor del agua pura, el calor del fuego frente al frío penetrante. La nobleza de quienes lo circulan es condición de su temple.

Lawrence prueba su existencia bajo un dramatismo devorador. Sabe que un rápido avance ni siquiera puede con la inmensidad de las entidades. El viento plagado de areniscas “resquebrajaba los párpados; que abren grietas que se convierten en dolorosas heridas”. El beduino enfrenta al “Khamsin”, “tormenta que parece luchar contra el hombre con ordenada y conciente malevolencia”y que Lawrence goza al enfrentar, “desafiar su poder y conquistar su rigor”,

 

sus oleadas eran asfixiantes; su sequedad rompía mi piel y me dejaba tan dolorida la garganta que hasta tres días después ni pude comer un poco de nuestro pan.

 

Su cuerpo se ha envuelto en fluídos y sensaciones extremas trazando una cartografía sentimental que lo motiva, incluso frente a la asfixia o a la sequedad de la piel y la garganta. En esa gran batalla inútil, madre de las batallas, el individuo se construye a sí mismo en la dificultad, el dolor, la imposibilidad y la negación de los elementos. Si el “Khamsin”, ese huracán seco de la Arabia septentrional, curte el alma mientras agrieta el cuerpo; las relucientes extensiones de barro pulido, “casi tan blanco y liso como el papel”, que los árabes llaman “Giaan”,

 

refleja la luz del sol con fuerza de vidrio -escribe Lawrence-, obligándonos a cabalgar bajo la lluvia de luz que en flechas directas caía sobre nuestras cabezas, mientras que su reflejo se elevaba del suelo hiriendo la diafanidad de nuestros párpados /.../ No era un dolor continuo, sino un sufrimiento fluctuante, que en algunos momentos se intensificaba hasta casi desvanecernos y después parecía tranquilamente desaparecer en un momento de falsa sombra que como una negra telaraña, cruzara la retina; estos momentos nos daban tiempo para respirar y para acumular nueva capacidad de sufrimiento /.../

 

Como sostiene Deleuze, “la luz es la abertura que hace el espacio”. Luz de la imposible fijación, donde el fluir del trecho que se recorre vuelve a la existencia más urgente, cuando la vida es arrastrada al límite, donde se disuelve principio o fin del viaje y se exlata la crudeza de vivir lo imposible en trayectorias inciertas.

La experiencia nómade no es el idilio de una soledad reparadora sino la fuerte presión del grupo que fija los límites emocionales al individuo. Aislarse significa morir tanto para un hombre como para un camello. Integrarse supone solidaridades jerárquicas y ajustados privilegios. En un pasaje del libro Désert, Le Clézio dice,

 

Pero era el único, quizá el último territorio libre; un territorio donde ya las leyes de los hombres carecían de importancia. Un territorio para las piedras y el viento, también para los escorpiones y los gerbos, los que saben ponerse a salvo y esconderse cuando el sol abrasa y la noche hiela.[9]

 

Las leyes de los hombres sólo carecen de importancia cuando son equiparadas a la extensión árida, cuando la luz perfora y el viento ahueca; entre los beduinos de cualquier grupo la ley es bestial. En el desierto el individuo  no procede ni por  símbolos, ni por alegorías, sino que expresa en gestos la potencia del paisaje arrasador. Cada signo se encarna,  adopta una forma corporal equivalente, como ley, al absoluto de este espacio de luz. La solidaridad es una mímica afectiva, la violencia un gesto de arrebato aterrador. Quien se acostumbra a sangrar de hambre y sed, quien vive en la desprotección permanente no podría sino aplicar una ley aristocrática del honor bajo una red de obligaciones y deudas, que Thesiger revela en Arabian Sands[10], como resultado de la exhuberancia del vivir. La imprevisión y la arrogancia es el permiso de aquellos que viven la intensidad del instante en cada decisión. Tazi señala,

 

que el honor exige que uno se despoje de sus bienes o de su vida antes que mentir a su sangre, traicionar su palabra o reputación, ver herido el orgullo de los suyos. En esto consiste la riqueza del beduino[11].

 

La vergüenza que Lawrence experimenta radica en saber los códigos de una beduinidad que lo respeta y a la que no deja de traicionar en sus principios, sobre todo porque sabe que el imperio inglés no cumple promesas. Vergüenza de ser un individuo dividido que predica una libertad a hombres tal vez más libres que él mismo, y de otra nación, con reglas de hospitalidad y lazos de sangre que no son negociables. Dice Lawrence:

 

/.../ mientras presumiera de ayudar a estos árabes en su propia rebelión. Era difícil, de todos modos, para un extranjero, influir en el movimiento nacional de otro país, y doblemente difícil para un cristiano y un sedentario mandar a un nómade musulmán. Ello se me haría imposible, si reclamaba, a un tiempo, los privilegios de ambas sociedades.

 

Lawrence es un hombre que vive oscilante entre su sensación de fraude por intervenir como extranjero y el orgullo de formar parte de esos beduinos de honor. El honor posee fuerza moral y organiza las virtudes. La perseverancia es la mayor de ellas y es vista como gloria y victoria a los ojos de Dios. Ante la letanía con la que el occidental percibe un desierto afelpado, el nómade responde con el rigor del honor.

 

III

 

¿ Qué buscaban un guerrero como Lawrence y un etnólogo como Thesiger en el desierto? “La paz del alma”, reclama Thesiger, después de extensos periplos entre los desiertos de Tibesti y Rub Al Khali. Lawrence internado en el movimiento continuo de la rebelión, busca la Gloria y en su avanzar encuentra la vergüenza de su paisaje interior. Estos viajeros comparten un estado del alma y una visión que resulta inseparable del sufrimiento. En ambos se ha templado un desierto íntimo y una beduinidad, que no los absorbe como árabes, pero que los distingue de los ingleses. No imitan a los árabes pero guardan sus secretos. Ambos avanzan desvastando la identidad, disponiéndose en un estado que no les permite volver a los suyos sin reconocer el germen de sus miserias. Se liberan de las cadenas del ser nacional y experimentan como dice Deleuze un “yo desvastado”. Si bien el inmenso paisaje dispone el estado del cuerpo, lo que importa aquí, es que el hastío, la vergüenza, la gloria y la aventura crean en estos cuerpos compuestos intensivos y singulares, que hacen de  La rebelión en el desierto y  Los siete pilares de la sabiduría de Lawrence[12] y  Arabian Sands y  El Desierto de los desiertos de Thesiger, perceptos que superan la mirada ajena, distante y metafórica de la tradición occidental sobre el desierto y el nomadismo.

El interés por la aventura los consuela de todas las privaciones y todo fracaso es exaltado como soberana libertad. Lawrence y Thesiger han internalizado en el corazón de lo árido el precepto árabe que dice: “Para ganar hay que aceptar perderlo todo para así comprobar que viajar es victoria”.

Si “la palabra profética es pesada”[13], no menos la de los caballeros errantes que sostienen la fuerza de la templanza del carácter -como combinación de una voluntad de poder e imágenes que dirigen la disposicón de la subjetividad. Para el beduino árabe el desierto con todas sus privaciones es homologado a Dios, porque “el aliento de Dios sube el desierto”, de allí entonces una voluntad de conocimiento de lo inmediato. Dios es la idea de los árabes: el espacio abstracto del pensamiento, la grandilocuencia épica y el conocimeinto prágmático e inmediato. Dijo Auda, compañero errante de Lawrence,

 

Nosotros conocemos nuestro país, nuestros camellos, nuestras mujeres. Todo lo demás, así como la Gloria pertenece a Dios. Si el fin de la sabiduría estimáis que es poder añadir estrella más estrella, vuestra locura es patente y divertida.

 

Para Auda, conocer no es añadir sino “ir junto” y producir una incursión progresiva en las cosas; para Lawrence conocer es producir visiones que muevan su cuerpo a actuar, a movilizarse por esas imágenes aunque resulten una nebulosa vacía. El beduino árabe le enseña a Lawrence lo inmediato. El hombre del desierto no se encuentra por encima del animal, constituye con éste una unidad metabólica inseparable. La vida depende de esa unidad, del cuidado en la elección de los terrenos para evitar ampollas mortales en los camellos. Un beduino debe leer el cielo estrellado tanto como las variables geográficas para saber qué tierra es fértil en huellas o para volverse al cielo cuando la tierra es muda. Ante la carencia de alimentos debe poder procesar el “samh” que constituye la harina silvestre, de espesor de la arena, que mezclada con dátiles y batida con manteca configura un buen alimento. Junto al animal, leyendo el cielo y la tierra y dispuesto a procesar el propio suelo hostil, el beduino árabe encuentra a Dios en estas acciones y de ellas depende su vida. [14] Sabe de sobriedad y la hospitalidad y fraternidad de sus banquetes pueden alcanzar el exceso como prueba de esplendor aristocrático y gracioso.

El desierto revela detrás del occidental emblematizado en el espectro de Giovanni Drogo, una búsqueda interior de los propios miedos, desolaciones u oscuros temores. La templanza se adquiere contra el presagio de “una carne que podía herirse”, consumida por la enfermedad o la violencia de los elementos.

¿Qué fuerza direccionaba a aquellos hombres, a “marchar sin ruido por la arena, lentamente sin mirar a dónde iban”? se pregunta Le Clézio.

 

Nadie sabía adónde iban. Habían nacido del desierto, ningún otro camino podía conducirlos. No decían nada,. No querían nada.[15]

 

Lawrence y Thesiger indagaron la intimidad de estos cuerpos, sus pactos viriles y sus reglas de sangre para devolvernos otra imagen que la mirada distante de Le Clézio. Hombres como Auda ejercían la voluntad de poder en su mímica ejemplar, donde la nobleza de avanzar creó un estado del cuerpo que sobrevivió al más peligroso de los compuestos. Como en el pasaje del Prometeo de Esquilo, que presenta al hombre enfrentado a la árida tierra vacía, en la que se puede fundar; el movimiento mismo es en estos hombres el gran acto fundador, el engranaje de un dispositivo metabólico, la esencia de una tecné que ha adquirido una forma: la beduinidad.

Como dice Ungaretti en Il deserto,

 

Donde el tiempo es incalculable y todo testimonia un disecamiento fabuloso, y un punto de agua es el residuo de un inmenso lago /.../ [16]

 

Ahí, la tierra ha devenido voluntad de potencia[17]. La fuerza enteramente espontánea y autónoma con la que el desierto no ha dejado de crecer ha construído, en aquellos que lo desafiaron, el carácter para el más alto de los destinos humanos: moverse sobreviviendo.



[1] Paul Bowles. “Un episodio remoto”. In: Trad. Elvio Gandolfo. Ver: El cielo protector. Buenos Aires: Alfaguara, 1990.

[2] Edmond Jabès. “El desierto”. In: Revista Confines, No.2, Buenos Aires, 1995, p.130 yss.

[3] ibidem

[4] cfr. Gilles Deleuze. “La Vergüenza y la Gloria. T. E. Lawrence”. In: Crítica y clínica. Anagrama: Barcelona, 1996, p.160. Dice Deleuze: “El desierto y su percepción”, subrayando la radicalidad de este concepto para pensar un cruce entre individuo y paisaje en la construcción del percepto en la obra de Lawrence.

[5] T.E. Lawrence. Rebelión en el desierto. Buenos Aires: Ed. Juventud Argentina, 1943. Ver en especial Cap. VIII, IX y X. Todas las citas corresponden a esta edición.

[6] Edmond Jabès. “Aquí, el final”. In: Revista Confines, op.cit, p.132.

[7] Maurice Blanchot. “La palabra profética”. In: El libro que vendrá. Caracas: Monte Ávila Ed., 1991, p.91 y ss.

[8] Nadia Tazi. “Variaciones sobre el Desierto de los desiertos de W. Thesiger”. In: Revista El paseante, No.6. Madrid. p.113-122.

[9] J.M. Le Clézio. Desierto. Madrid: Debate, 1991.

[10] Wilfred Thesiger. Arabian Sands. London: Pengüin, 1985.

[11] Nadia Tazi. “Variaciones sobre el Desierto de los desiertos de W. Thesiger”. op.cit.

[12] T.E. Lawrence.  Los siete pilares de la sabiduría . Ed. B, SA, 1997.

[13] Maurice Blanchot. “La palabra profética”. In: El libro que vendrá. op.cit.

[14] cfr. AAVV. Désert. In: Revista  Autremont, No.5, Paris, noviembre 1983.

[15] J.M. Le Clézio. Desierto. op.cit.

[16] Giuseppe Ungaretti.  Il deserto. Quaderno egiziano. Milano, Mondadori, 1996. p.70 y ss.

[17] Emanuelle Severino. Citado en José Luis Brea, “La fuerza del nihilismo”. In: Revsita Arena, No.0. Madrid, enero 1989.p.87-89.